Un cuento al día, ¡la clave de la alegria!

Les comparto un pequeño cuento que he leído hoy; me lo compartió el buen Castor. Espero les guste.

LOS DULCES FRUTOS DE LA DICHA

<<Era casi de noche. Al igual que otras veces, estábamos solos en la biblioteca de mi padre, leyendo. Al cabo de un rato de concentración y silencio, le dije:

“¿Te puedo pedir un favor?”

“Claro”, dijo ella levantando la cara y luciendo para mí su sonrisa ajena de malicia.

Dudé

Desde su matrimonio, que fue cuando vino a vivir a casa, nunca se había dado entre nosotros mayor confianza que la de hablarnos de tú; ella jamás había expuesto una mirada o una palabra que me permitiera suponer que accedería a una cosa así; en realidad era una estupidez, una agresión innecesaria, una brutalidad sin sentido. Estuve a punto de no seguir adelante, pero la obesión que me engruesaba por dentro a partir del día en que se le soltó aquel botón, obligó a mi voz, llena de hervoresm a decirle:

“Abrete la blusa… Quiero verte los senos.”

Apretó la boca y permaneció callada, con la estupefacción atontándole las pupilas y la mano derecha suspendida, inútil, en el vacío.

(Sus pechos de mujer en mi boca de hombre. Sus pechos pesados, de pétalos dignos, hospitalarios, exactos. Majestuosos sus pechos, y enorme mi gula de sorberlos, de morderlos,de atragantarme, de asfixiarme, de causarles daño, de irlos enrojeciendo, de irles perjudicando su tersura nomás de tanta succión, de tanto dentelleo, de la tanta animalidad que le provocan a mis ansias esos sus pechos que ella me da, levantándolos y apretándolos de placer y de rabia, entre ayes breves de satisfacción y dolor, entre expresiones atormentadas que me piden no me lastimes, que me exigen castígame, que me advierten me vas a matar, que me arrullan, come, mi niño, mi hombre, pero despacio, despacito, eso es, contente, son tuyos por qué te los quieres acabar de una vez, por qué me martirizas, si son todos tuyos, nada más para ti, para tu boca, para tus dientes, para que los ensalives, para que los sangres, para que les hagas lo que te nazca, lo que se antoje, son enteros para tu, mi niño, los cultivé para ti, los hinché, los maduré para tu gozo, para tu contento, sus pechos poderosos que me brinda con su voz, sus porfiados pezones que me buscan los labios y me los recorren con su suavidad granulada, sus pechos y pezones que visitan mis mejillas con ternura, con lentitud, que se depositan en mis párpados cerrados, que se derraman como un remanso sobre mi frente, acariciándose con mi pelo, y que luego descienden, con la misma morosidad, con el mismo amor, hasta mi garganta, hasta mi torso, donde se pegan con inocencia, con largueza, a mis tetillas, y luego hasta la poza de mi ombligo, donde se turnan para beber sin prisa, con hondura, y luego hasta mi racimo de hombre, que se engríe con la codicia de esa piel, con el espezor macizo de esas carnes que envuelven, que sostienen, que retan, que tornan a ser dos vidas independientes, dos masas ardorosas que colocan a mi bulto viril entre ellas y lo contienen, lo frotan, lo aprietan, lo sueltan, lo rozan, lo tensan, lo enervan, lo llevan a reventar en olas que estallan, que moja, que brillan, que se escurren formando lentas estelas, que se van haciendo, cada vez más, gotas mínimas y quietas sobre la inmensidad intensa de esos pechos tan míos, tan por mí lacerados).

Por fin, después de un momento muy largo, parpadeó y se acomodó en los labios algo que figuraba una sonrisa.

“Estás loco, Diego”, dijo sin ninguna intención, zafando de los míos sus ojos y depositándolos en el libro que leía.

“Quiero ver tus senos, eso es todo”, volvió a decir mi voz de caldera a punto de explotar. No era imperiosa, mi voz, era suplicante, desamparada, adolorida.

“¿Y qué tienen mis senos que los quieras ver?” Son iguales que los demás”.

“Son tuyos, y eso los hace distintos,únicos. Por eso quiero verlos. Te doy mi palabra de que no intentaré nada más. Te lo juro. Sólo quiero verlos”.

La sentí titubear, romperse la cabeza buscando el porqué de mi petición, halagada a pesar de su desconcierto. Insistí una y otra vez y ella continuó negándose, acudiendo a todas las puertas de la defensa a su alcance, aunque sin mencionarlo a él, sin darme una bofetada y huir. De repente se irguió, tocándose con nerviosismo los botones de la blusa, mirando de reojo hacia la puerta y diciendo:

“Pero, esto es una locura, Diego.”

Me levanté y cerré la puerta con llave.

“Sólo muéstramelos”, dije.

Y lo hizo.

Vi sus senos, contemplé sus senos en el vértigo de un segundo. Volvió a abotonar su blusa y se sentó de nuevo. Dijo:

“Ya.”

Yo le quité el seguro a la puerta y retomé mi sitio.

“Gracias”, le dije.

Poco después se incorporó anunciando:

“Voy a dar indicaciones para que empiecen a preparar la cena. Ya no tarda en llegar tu padre.”

Sí, era casi la hora en que su esposo suele regresar del trabajo.>>

Agustín Monsreal.

Post por: Le Pappatzul

 

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